Cuidemos las palabras

Miquel Moré

Miquel Moré
Socio de Suara Cooperativa

MIQUEL MORÉ. Socio de Suara Cooperativa

Nuestra vida es una conversación constante. Estamos rodeados de palabras. Como le decía William Shakespeare a Hamlet, “words, words, words”. Conversamos continuamente, con nosotros mismos, con otras personas y en todo tipo de ambientes, familiares, de ocio, profesionales o de celebraciones, incluso en los momentos más íntimos. Démonos cuenta: ¡no podemos dejar de hablar! Nos resulta difícil llegar a un estado mental de silencio, parece como si nuestra mente estuviera preparada para producir y crear continuamente. Quizás solo la paramos y la enmudecemos cuando dormimos, y a veces ni eso. ¡En los sueños también hablamos!

Esta rápida introducción nos lleva a un pensamiento más profundo: las personas estamos hechas de palabras, nuestra condición humana es una realidad hablada, y las palabras tienen una importancia capital en nuestras vidas. Como decía el filósofo Heidegger “el lenguaje es la casa del ser”. Utilizamos las palabras para dar identidad, para describir cómo somos y cómo es la realidad observada, para ordenar y explicar pensamientos, para acompañar la expresión de las emociones, etc. Y así hasta completar una larga lista. Pensemos en ello un momento…

Entonces, si las palabras son tan importantes, nos podríamos preguntar: ¿de qué forma las cuidamos? ¿Somos conscientes de cómo las utilizamos en las reuniones, las conversaciones y en el trato con las personas? ¿Cuál es la intención de lo que decimos y cómo lo decimos? ¿Decimos todo lo que pensamos y todo lo que nos pasa por la cabeza?

Humildemente, me gustaría poderos ofrecer ocho breves reflexiones sobre cuidar de las palabras, para que éstas nos sirvan para cambiar algunos hábitos y crecer a todos los niveles.

1. Las palabras abren o cierran puertas, a veces según lo que decimos podemos acercarnos o alejarnos de las otras personas. Funcionan como bisagra en las relaciones interpersonales, sobre todo para hacer o deshacer vínculos.

“Una palabra mal dicha puede crear distancia con alguien, puede ser una grieta en la relación.”

2. Cuando hablamos mal de las personas y las criticamos, en realidad lo que estamos haciendo es mostrarnos a nosotros mismos como personas poco respetuosas, despectivas, invasivas, arrogantes, egoístas, acusadoras, manipuladoras, etc. Las palabras que salen de nosotros dan muchas pistas a quien nos escucha, son nuestra tarjeta de presentación.

“A veces, cuando hemos hablado mal de alguien, nos sentimos heridas, se produce un efecto bumerán.”

3. Por otro lado, las palabras pueden mostrar la belleza de nuestro interior, nuestros valores, aquello que nos mueve por dentro: el respeto hacia los otros, la admiración, la pasión, el agradecimiento, la ternura, etc. Una conversación profunda puede poner al descubierto el tesoro de nuestra interioridad.

“Acostumbramos a recordar aquellas conversaciones que nos han permitido sentir alguna cosa, que nos han conectado con la esencia del ser.”

4. Las palabras no son estáticas, se convierten en actos y acciones, interactúan. Cuando le decimos a una persona “lo haces muy bien, ¡te felicito!” estamos llevando a cabo un acto de contacto con ella. Es como si le pusiéramos la mano en el hombro. Cuando acompañamos a una persona en el dolor pasa exactamente lo mismo: “lo siento mucho, estoy contigo, imagino cómo te sientes”. La persona recibe de nosotros mucho más de lo que decimos, intuye que hay una acción intencionada y cercana de alguien que empatiza, que abraza su dolor, que se acerca.

“Una palabra o un texto escrito en un trozo de papel nos puede hacer compañía; nos lleva a recordar y reconocer el gesto que puede haber detrás.”

5. En los ámbitos profesionales, especialmente en las reuniones, a veces le damos vueltas a algunos temas pero no profundizamos. Todo aquello que no decimos queda escondido, debajo de la mesa, y cualquier día emerge de forma explosiva, inconexa, irracional y fuera de lugar, y podemos acabar haciendo mucho daño. Es importante que podamos recuperar conversaciones pendientes, tanto en el ámbito personal como en el profesional, con las personas que nos relacionamos y con las que trabajamos, con los equipos. Seguro que todos y todas tenemos alguna conversación a medias. Lo que pasa es que los prejuicios, el miedo y la inseguridad no nos permiten tenerlas.

“Recuperemos conversaciones difíciles. Seguro que son liberadoras y nos vacían la mochila de piedras y pedruscos.”

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6. Las etiquetas están muy presentes en las conversaciones. Cuando tenemos una conversación con alguien que nos incomoda, deberíamos preguntarnos a quién nos estamos dirigiendo: ¿a la persona, más allá de la etiqueta que le hemos colocado, o al cartel o el juicio que hemos hecho de esa persona?

“Seamos conscientes: ¿con quién hablamos? ¿Con la etiqueta o con la persona? El hecho de concienciarnos ya nos permite un diálogo diferente.”

7. Nuestras creencias personales influyen en nuestras conversaciones privadas, y en lugar de escuchar, a menudo lo que hacemos es predisponernos a responder antes que la otra persona haya podido acabar de explicarse. Nuestra verdad egocéntrica nos limita la escucha, y nos hace responder según nuestro guion aprendido. Nos escuchamos, pero no escuchamos.

“Estamos más preparados para responder que para escuchar. Agudicemos nuestra oída, dejemos espacio y tiempo.”

8. En el trabajo, ante reuniones, conversaciones difíciles, toma de decisiones, temas complejos o situaciones que nos puedan incomodar, debemos estar predispuestos a mostrar siempre vulnerabilidad. Nos sirven estos verbos: necesito, pido, no sé, me pasa, siento, perdonad, etc. Dejémonos de mantener actitudes prepotentes, lo único que nos aportan es tensión y sufrimiento. No hemos de demostrar nada, mostrémonos a las personas desde la autenticidad y esto nos facilitará el camino de la comprensión y el aprendizaje.

“Cuando nos presentamos humildes, necesitados de los demás, cuando dejamos ver nuestras debilidades, nos abrimos a la confianza y nos enriquecemos mutuamente.”

Al final, lo que hemos leído nos sirve para darnos cuenta que hemos de practicar la escucha de nosotras mismas para descubrir lo que decimos y cómo lo decimos, y que eso es un trabajo personal que nos ayuda a redirigirnos en las relaciones interpersonales. Que una buena escucha necesita parada, silencio, mirada interna y tranquilidad. Que es importante buscar momentos para cuidar de las palabras porque seguro que lo que decimos nos lo acabamos creyendo, y acabará convirtiéndose en una actitud ante la vida. Por lo tanto, ¡seamos conscientes! Deseemos que las palabras dichas por nosotros sean siempre transformadoras y dejen una gran huella en las personas.

¡Cultivémonos!

Al final, lo que le hayamos hecho sentir a las personas se convertirá en nuestra herencia.

Por hoy, suficientes palabras.

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